«O te ayudas tú o no te ayuda nadie — “Expertología” de Andrés Pérez Ortega»
Capítulo 0. Presentación; primera frase del texto “Éste es un libro de autoayuda (o te ayudas tú o no te ayuda nadie)”. Y con esto sería casi suficiente para captar el mensaje que se nos quiere transmitir desde «Expertología. La ciencia de convertirse en un profesional de referencia».
El asunto es que don Andrés Pérez Ortega no nos deja solos y, en este su segundo libro, nos muestra el “cómo”, desmenuzando el proceso, conseguir posicionarnos como expertos en aquello que mejor sabemos hacer porque, nos asegura Andrés y yo comparto, “todos somos buenos en algo”, y, afirmo, tenemos que aprovecharlo –no nos queda otra– si queremos conseguir no sólo sobrevivir, sino más allá, destacar en este complicado entramado del turbulento Mercado de Trabajo que nos ha tocado en suerte.
«En el mundo del conocimiento en el que nos estamos adentrando, si no destacas, te quedas fuera.»
Por ello, sería poco menos que imposible tener este fantástico libro entre las manos, conocer a don Andrés Pérez Ortega y no compartir una reflexión sobre quien es pionero y muy prestigioso profesional del Branding Personal en este país.
No cabe duda que no hay cosa mejor que adentrarse entre las páginas de este libro para averiguar lo que puedes encontrar en «Expertología», pero en este acercamiento a la obra de don Andrés –y coincidiendo con la opinión de otra gran profesional como es Mertxe Pasamontes– lo primero que cabría decir es que «Expertología» es un manual y un manual muy práctico.

Andrés Pérez Ortega y el autor de este blog en Alicante
«Expertología» es, sin lugar a dudas, un libro para tener siempre a tu alcance, siempre a mano; lo que yo llamo un “libro de mesita de noche”, al cual dirigirnos tantas veces como queramos para hallar tanta inspiración como sabiduría, como soluciones reales en nuestro trabajo de posicionamiento profesional.
Por otro lado, «Expertología» es un libro muy claro, tan claro como es siempre Andrés: “Los milagros no existen (al menos en las empresas)”. “Nadie da nada gratis y allá donde quieras llegar sólo lo conseguirás con tu propio trabajo y esfuerzo” –en un artículo publicado en Expansión y Empleo–.
Por todo ello, Andrés Pérez Ortega, desde «Expertología» nos anima a emprender ese viaje de profesionalización desde la transparencia que le caracteriza, orientándonos certeramente y sin tapujos ni falsos atajos. “Uno de los capítulos trata sobre la creación de tu “producto”. Porque si no tienes nada que ofrecer y además no estás en continuo desarrollo, todo lo demás es inútil” nos advierte.
Con todo, «Expertología» es un libro dirigido a “los profesionales que quieren escapar del cubículo, para personas que tienen la capacidad de dedicarse a lo que les gusta y para trabajadores valiosísimos que han quedado fuera de un mercado enfermo”, y por poco que nos paremos a pensar, descubriremos sin equivocarnos que todos estamos entre esta selección.
“Se trata –en fin– de entender que todos somos expertos en un ámbito más o menos amplio. No es una cuestión de edad, estudios o experiencia. Cada persona tiene en su “mochila” suficientes elementos para
construir algo atractivo y valioso. Piénsalo un poco. ¿No recurren siempre a ti para resolver, mejorar o hacer algo?”. Piénsalo; nos lo dice Andrés Pérez Ortega y yo aseguro que merece la pena.
¿Y quién dices que eres? – «Sólo tienes una oportunidad para causar una primera buena impresión»
Y se trata de presentar la mejor y más auténtica y sincera de tus facetas.
En la ponencia impartida por Manuel Sola –Delega Networking– bajo el título “Técnicas de Networking para emprendedores”, el primer tema a tratar abordaba el asunto de la presentación.
Se trataba, nos decía Manuel, de descubrir “la importancia que tiene practicar nuestro discurso de presentación, de cómo queremos que nos conozcan los demás y sobre todo, qué les podemos ofrecer y qué andamos buscando”.
Y no es nada fácil. Es curioso observar cómo a las personas nos cuesta tanto presentarnos; por lo menos de una forma efectiva. Sobre todo es llamativo, en los eventos de networking, por ejemplo, donde tras una buena presentación podremos recoger más beneficios de los que nos imaginamos, al final del evento en cuestión, solemos darnos cuenta de lo mal que lo hemos hecho –si es que lo hemos hecho y no no nos hemos escabullido entre la gente evitando la situación–.
No es nada fácil. Requiere un importante ejercicio de reflexión y, a la vez, de síntesis –que a ver si tanto practicar los 140 caracteres nos va sirviendo de algo– siendo este asunto de tal importancia que no se puede dejar, de ninguna de las maneras, a la improvisación. «Sólo tienes una oportunidad para causar una primera buena impresión»
Se trata de poder comunicar a quien tenemos enfrente, de una manera clara, sencilla y escueta, quiénes somos y qué podemos hacer por el otro; en qué podemos ayudarle y, a partir de ahí, comenzar a estrechar lazos. Se trata de preparar nuestra tarjeta de visita; una tarjeta flexible que podamos amoldar –desde la auntenticidad– según la situación lo precise; y para eso necesitamos reflexionar.
Reflexionar para conocernos, primeramente, a nosotros mismos, de tal modo que conozcamos nuestras fortalezas.
Reflexionar sobre las necesidades de nuestro entorno para poder detectar, de esta manera, nuestras oportunidades.
Y reflexionar sobre la mejor manera de transmitir adecuadamente nuestra verdadera esencia. Porque no se puede separar una cosa de otra.
No es nada fácil. No deberíamos olvidar que «sólo tenemos una oportunidad para causar una primera buena impresión» de la misma forma que siempre tendríamos que tener muy presente que
tras un buen envoltorio, tras una marca de prestigio, deberá haber siempre, siempre un buen producto acorde al nivel.
Que hablen de ti. No dejes que te olviden.
Mira por dónde que en estas últimas semanas un servidor ha estado, y suma y sigue, bastante ocupado preparando los exámenes cuatrimestrales de la Universidad y ha sido, en estas circunstancias, cuando he podido comprobar, una vez más, un asunto que me da pie para escribir este corto artículo.
Y es que, en efecto, hace ya se han cumplido más de dos semanas en que, debido a aquellos menesteres que ya he citado, no se ha publicado, hasta hoy, ningún otro artículo en este blog.
La consecuencia inmediata de esto: un descenso paulatino en el número de visitas a esta bitácora. Lógico ¿no? Si no aportas nada, nada tienes por lo que ser recordado.
Parece ser que fue el dramaturgo irlandés, o al menos eso cuentan que firmó aquella frase:
“Hay solamente en el mundo una cosa peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.
Oscar Wilde (1854 – 1900)
Y creo que no va muy desacertada, aunque tampoco quisiera yo que se me malinterpretase.
No se trata de estar por estar, se trata de bien estar; se trata de que se nos tenga presente por nuestro bien hacer, en todos los sentidos. Se trata de hacer el ruido justo para no molestar y el necesario para recordar que se está.
Y eso se logra trabajando y trabajando bien; y se logra, sobre todo, ocupándose, con sincero agrado y afecto, de las
personas que, al fin, son las que cuentan y para quien nosotros debemos contar, de tal forma que, con todo ello, en tu mano está que hablen de ti; en tu mano está el que no se olviden de ti.
Porque te van a buscar, tienes que estar… ¡también en la Red!

¿Estar o no estar?
¿Estar o no estar? Y a vueltas con el asunto.
Y es que parece ser que ya es un 48% el número de los reclutadores y directivos de los departamentos de Recursos y Humanos que, al parecer, usan las redes sociales a la hora de encontrar a los posibles candidatos. Esto, según se desprende de un informe de Unique, citado por Arancha Ruiz en su blog “Historias de Cracks”.
Dicho esto, es una asunto innegable el creciente uso de herramientas 2.0 tanto para los oferentes como para los demandantes del factor trabajo. Y ante esta realidad, la respuesta a la cuestión es que, precisamente, porque te van a buscar, lo mejor es estar; pero… bien estar.
En efecto, deja que te encuentren. Es más, facilítales el que te encuentren. Y, por último, añado, ocúpate del encuentro en forma y modo. Y en la medida en la que puedas, sé tú el dueño de la situación. Además, por otro lado, sabes bien y eres consciente que en cuanto te des la vuelta, tu nombre –entre otras cosas– va a estar googleado con intensidad, a la caza y captura de cualquier información considerada digna de registro.
Por todo esto, lo que afirmo es que es tuya la responsabilidad de que quien te busque encuentre lo que necesita. Tú tienes que gestionar las herramientas de las que dispones; para ello, tú tienes que definir tu estrategia, la tuya; tú debes ser, tú eres el constructor de tu reputación.
No dejes tu imagen en manos de nadie. No dejes tu futuro en manos de los demás. ¿Estás?
Lecturas relacionadas:
“Las redes sociales son una agencia de colocación: visión incompleta” en “Historias de Cracks”
“El presente de los RRHH se basa en la web 2.0” en “prcomunicación”
Sobre la metáfora del «techo de cristal»

“Más allá del «techo de cristal»"
Aunque en letra sensiblemente más pequeña, –la que la plantilla permitía– en el subtitulo de esta bitácora, y no de forma casual se puede leer sin demasiada dificultad el enunciado que reza: «Por la mejora continua y el desarrollo personal». Y es que, siendo este un lugar desde donde se pretende abordar asuntos referenciados hacia el posicionamiento personal en el ámbito profesional, intentando no olvidar la perspectiva de las Relaciones Laborales será menester tratar y estudiar otras muchas casuísticas y fenómenos que los puramente enmarcados, de manera casi estricta, dentro del puro marketing o branding –cosa esta que dejo a gusto de lector– con el fin de, a ser posible, intentar entender, y así mejorar, esa complejidad que caracteriza a este ámbito de las Ciencias Sociales.
Con ese objetivo en mente comparto este trabajo que ha surgido tras la lectura del artículo “Más allá del «techo de cristal» Diversidad de género” que en la Revista del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales publicaba Ester Barberá acompañada por el equipo formado por Amparo Ramos, Maite Sarrió y Carlos Candela –trabajo este a su vez propuesto por Marina Beléndez como estudio dentro de la Psicología del Trabajo–.
Así pues, dicho todo esto, me referiré al articulo ya citado, desde donde se parte de una situación laboral, que aún hoy es compartida en el entorno de los países occidentales más desarrollados y avanzados en material cultural, como es la discriminación que sufre la mujer al adentrarse en los mercados de trabajo y de alguna forma más concreta, a la metáfora conocida como el «techo de cristal».
Segregación Horizontal y Segregación Vertical
Desde esta realidad discriminatoria de género, el equipo de trabajo determina dos niveles diferentes a la hora de comenzar una valoración sobre la estereotipia que sufre la mujer, ya sea desde la segregación horizontal o desde la segregación vertical.

Segregación horizontal
De esta forma, por un lado se constatan gran cantidad de indicadores en relación a la calificación de femenino o masculino dada a una ocupación a partir de las características socialmente atribuidas a la misma –segregación horizontal–. Así es fácil observar como determinadas profesiones se etiquetan de forma estereotipada como propias de un género a partir de asociaciones que se podrían calificar como socioculturales enmarcadas en un contexto histórico. Se ve, de esta manera como, hasta no hace demasiado tiempo, actividades profesionales –como la enfermería o la carrera militar, a modo de ejemplo–, eran atribuidas exclusivamente a la mujer o al hombre, respectivamente, sin ninguna otra explicación coherente que la discriminación a la que me he referido.
Por otro lado, desde el momento en que el género va implícito a salarios inferiores, menor reconocimiento profesional y ocupaciones de “segundo orden”, aparece reforzada nuevamente la discriminación hacia la mujer, justificando estas conductas, en la mayoría de las ocasiones, por ser percibido el trabajo de la mujer como complementario al realizado por el hombre, cabeza visible de la unidad familiar.
Así, si continuamos profundizando en este asunto, se comprobará otra realidad, reflejada esta en una proporción decreciente –tanto como ridícula– de la mujer en puestos de responsabilidad conforme vamos ascendiendo sobre la jerarquía piramidal, sea cual fuere el sector que se analice –segregación vertical– sin tener esto concordancia alguna con el nivel de formación y preparación que la mujer pueda tener para dichos puestos.
Los autores1 resaltan, en este sentido, los datos de estudios recientes que muestran la representación de la mujer en los más altos puestos de las organizaciones, situada esta apenas en niveles del 2%, ya sea en países como España, Gran Bretaña, Italia, Canadá o EE.UU. (Barberá, 2000), con muy poca variación de unos a otros.
Los obstáculos de la mujer en su ascenso profesional
Dos son los indicadores primarios que exponen los autores citados como delimitadores de la carrera profesional de la mujer hacia puestos de responsabilidad y dirección. Por una parte el que explican como “el nivel de formación y preparación profesional conseguidos”, y un segundo al que se refieren como “el contar con ayuda para afrontar las responsabilidades y cargas familiares” (Villota, 2000).
Pero lo cierto es que la complejidad del estudio del género va más allá si tenemos en cuenta, como así debe ser, la interacción a un tiempo con otras dimensiones como “la etnia, edad, o la clase social”, formando, con lo ya dicho un todo sin el que sería inútil pretender entender las causas y el por qué de la discriminación laboral de género.
Son varios los autores que dan como principio y origen a esta discriminación esa división bajo el criterio del sexo en cuanto a las funciones productivas y reproductivas asignadas a hombres y mujeres (Borderías y Carrasco, 1994; Hartmann, 1994), teniendo estas últimas, las mujeres, una prioridad histórica orientada a su responsabilidad hacia la perdurabilidad y cuidado de la familia.

Responsabilidad familiar en la mujer
Sin embargo, existen otras teorías (Kanter, 1977) más encaminadas a atribuir el problema no a la naturaleza femenina ni lo que con ello conlleva el hecho de ser mujer, sino, más bien, a las percepciones de quienes ocupan los puestos en el mercado en relación con el mismo trabajo, de tal forma que en la misma medida que la mujer ha ocupado puestos de trabajo inferiores a los del hombre, estos puestos, de manera solapada, se han asociado, de forma más o menos implícita, a la mujer. Así aparecería una retroalimentación –a lo que en el artículo en cuestión se denomina “efecto madeja”–, que mantendría constantes, aunque ya sin fundamento, esas creencias respecto a la mujer en el entorno laboral como son: la mujer se incorpora más tarde al mercado laboral y lo hace sin preparación y para desempeñar las funciones que el hombre no quiere hacer, y todo ello hace suponer que el interés, la dedicación y la motivación de la mujer hacia su trabajo, por tanto, va a ser considerablemente menor que la del hombre.
La metáfora del «techo de cristal»
Por todo ello, se observa manifiestamente que aún encontrándonos con una generación de mujeres que se puede calificar como la de mayor formación y nivel en toda la historia, esto no se ha visto reflejado en un ascenso cualitativo del papel de la mujer en el desarrollo profesional.
Así, por los años 80 aparece la expresión «techo de cristal», la cual cobraría toda su popularidad en la década de los 90 (Peck, 1991); una expresión que, por cierto, refleja de manera muy conveniente las maneras en las que se reflejan las acciones discriminatorias hacia la mujer, en cuanto a los obstáculos no explícitos que esta se va encontrando a lo largo de su prevista carrera profesional. Son estas barreras las que la teoría dice que no existen, –y por ello no se ven al igual que no se vería ese «techo de cristal»– pues tanto la legislación como la preparación sobradamente demostrada avalan a la mujer, pero que a la hora de la verdad, en la cotidianidad del día a día, la invisibilidad de tales barreras –como afirman los autores– las hace inexplicablemente infranqueables.
Si en un principio se apuntaba a causas relacionadas con esa preparación y formación, –aptitud en general– ahora, ante el evidente desmoronamiento de tales argumentos se mantiene la discriminación aludiendo a la actitud de la mujer, sus motivaciones e intereses, su grado de «centralidad en el trabajo» que, según esta suposición, no es el adecuado, dado que los intereses y motivaciones, las prioridades, en fin, de la mujer no parecen ser las mismas que las del hombre, por lo que se achacaría a la propia mujer la responsabilidad de su situación profesional (Barberá, Ramos y Sarrió, 2000), de tal forma que esa supuesta automarginación reforzarían los roles de reparto de poder entre hombres y mujeres.
Cultura organizacional, coeducación en valores y criterio de diversidad
Dado que, a pesar de los avances obtenidos al día de hoy, el peso del «techo de cristal» que la mujer soporta sobre sí, sigue siendo evidente, se hacen necesarias actuaciones hacia el cambio de una cultura organizacional estereotipada y lo que esta representa. Deben romperse ciertos arraigos socioculturales tradicionales en cuanto a las citadas relaciones de poder entre géneros, así como a la relación de la mujer con las responsabilidades familiares, de tal modo que se incida en la modificación de estos significados dentro de la llamada cultura colectiva dentro de la organización.

Cultura Organizacional
A esto, sería preciso, añadir acciones para la educación en valores de género en nuestra sociedad –«coeducación»– con el fin de activar los procesos de cambio de cultura necesarios para sobreponerse a la marginación de la mujer. Igualmente, los autores propones medidas tales como “lograr una mayor visibilidad de las mujeres en los entornos laborales”, de tal forma que consigan aprender y usar con eficacia “las reglas no escritas” que les permitan la incorporación en mayor medida a los puestos más altos de la escala profesional.
Pero como todo proceso basado en cambios actitudinales fuertemente arraigados y entroncados con nuestras “normas” culturales, este será un proceso lento y largo. Y para conseguir acelerarlo, en el artículo tratado, también se sugiere, de manera acertada, acciones a corto plazo que faciliten la flexibilidad en el trabajo que tan buenos resultados han dado en países anglosajones cono EE.UU. y Gran Bretaña.
Y todo ello, al fin, fomentado desde el criterio de diversidad, donde desde una perspectiva más positiva, y dando un paso más, va más allá enfocando la cuestión no sólo desde la manera de acabar con ese llamado «techo de cristal» en forma de reivindicación y ruptura, sino también y además, enfatizando en el beneficio que esta diversidad, y la de género en cuestión, aporta, y muy especialmente desde el principio en que –dicen los autores del artículo– “cada persona se valora por lo que es y puede aportar por sí misma”.
Con todo, estos avances en cuanto a la suma de la diversidad –“diversidad generacional, de género, racial o nacional”– son notables en el día a día de tal forma, se afirma en este artículo, que es constatable lo irreversible del planteamiento, máxime dentro de la complejidad de los entornos un tanto turbulentos en los que las economías se mueven en la actualidad, con rápidos cambios en las estructuras organizacionales que obligan a las mismas a variaciones aceleradas en las formas de plantear los negocios y, a un mismo tiempo, el trabajo con el fin del máximo aprovechamiento de los recursos existentes, de tal modo que desde la perspectiva de los trabajadores, –de las trabajadoras en el caso que nos lleva– se alcance la percepción de aprovechamiento y equilibrio, así como de desarrollo profesional de la mujer hasta alcanzar el lugar que en la realidad del siglo XXI a esta le corresponde.
Las diferencias existen, y eso no sólo no es malo sino que por la suma de la diversidad, nos engrandecen.
1 Al referirme a los “Autores”, lo hago hacia los del artículo en cuestión y ya citados: Ester Barberá acompañada por Amparo Ramos, Maite Sarrió y Carlos Candela, todos ellos pertenecientes a la Universidad de Valencia.
Deja un hueco en tu vida para el marketing personal
Cuando hace unos días hablábamos desde este mismo blog sobre el marketing y tú, se hacía mención al “marketing del día a día que nos puede ayudar a detectar esas necesidades que cubrir, reconocer esas facultades que necesitamos adquirir y encontrar a ese cliente al que podemos servir”. Y todo esto desde el reconocimiento de que “el marketing bien entendido, no sólo nos ayuda a vender, sino que nos ayuda a mejorar“.

Gestiona tu profesión y tu vida.
Desde ese ángulo y perspectiva quería iniciar este artículo planteando la reflexión sobre la idoneidad de aplicar los conceptos del marketing en nuestra forma de gestionar nuestra vida, tanto personal como profesional; y cito ambos aspectos pues creo más conveniente que nuestra manera de comportarnos sea en todas partes la misma –cuanto menos en el fondo, que es lo que cuenta– y, así dejemos de vivir en compartimentos estanco fingiendo roles que siendo ajenos a nuestra forma real de ser, no nos causan otra cosa que ansiedades y malestar.
Si echamos un vistazo a nuestro entorno, podremos observar que los asuntos andan muy revueltos por estas tierras –y qué voy yo a contar que tú no sepas ya–. La oferta del factor trabajo, o sea, de mano de obra es muy superior a la demanda del mismo, siendo uno de los mayores males que afecta a nuestro sistema económico en muchísimos, pero que muchísimos, años. Y para rematar el asunto, de las pocas ofertas de contratación que se producen, a los demandantes de empleo, apenas les llega el conocimiento de las mismas y, por lógica, la oportunidad de optar a ellas –en un ejemplo más de ineficacia y de mala gestión de los recursos públicos, me permito añadir 1–, por lo que una gestión realista, seria, coherente, personalizada y, al fin, optimizada de nuestros planes de presente y futuro se hace hoy algo mucho más que necesaria, convirtiéndose en vital.

No juegues con tu futuro
Desde este momento, si tenemos en cuenta que el marketing personal es una adaptación de estrategias empresariales y una interiorización de una manera de entender las relaciones personales y profesionales, este, el marketing personal se convierte en una extraordinaria herramienta –hoy más que nunca– para mejorar, en lo que cabe, nuestra posición en tan enmarañada situación del mercado laboral.
De esta forma, el marketing personal se convierte en plan operativo de tal manera que este “consiste en, a partir de unos objetivos marcados de vida personal y/o profesional, elegir las estrategias y herramientas más adecuadas para mejor conseguir estos objetivos, teniendo en cuenta la realidad de las personas que conviven con nosotros a nivel de relación y en muchas ocasiones en competencia, y todo ello dentro de un entorno cambiante“ 2 y este, salta a la vista, con una rapidez cada vez más acelerada –en proporción similar a la velocidad en que nuestros viejos esquemas se van derrumbando–.
El asunto, como bien se ve, es serio y es por eso que permito, no siendo yo quien para aconsejar, al menos lanzar la citada reflexión. Nos estamos jugando mucho, tal vez nuestro futuro –y posiblemente el de nuestros jóvenes 3–, con lo cual pienso que merece la pena plantearse cuestiones acerca de cómo intentar mejorar el panorama y, por qué no, considerar el dejar un hueco en nuestra vida al llamado marketing personal, sin olvidar, claro está, que tras todo esto, en la complejidad o sencillez de la propia vida,
hay mucho más. Por ello no está de sobra el atender los buenos consejos de quien mucho y bien sabe esto4, al decir que “no todo es marketing” en la vida, pero sí una buena utilidad.
Fuentes y referencias utilizadas:
1 Ver “Un ejemplo de Inemficacia” de Tamara Vázquez en Expansión
2 José Mª Ferré Trenzano en “Marketing Personal”, pág. 27
3 Ver “Jóvenes pesimistas ante el futuro y pasotas con la política” en Información.es
4 Andrés Pérez Ortega, pionero de la “Marca Personal”
El marketing y tú
Siendo el título de este blog –por lo menos en su primera parte– «Marketing Personal», tal vez no estaría de más realizar una aproximación a este concepto, esto es, el concepto de marketing y la influencia que el mismo puede tener en nuestra vida personal y profesional. De esta forma se podría afirmar que:
Marketing es, ante todo, una filosofía que consiste en orientar todas las actividades de la empresa hacia el logro de la satisfacción de las necesidades del mercado final o del consumidor.
José Mª Ferré Trenzano - “Marketing Personal” pág. 23
Partiendo de esta definición se podría añadir que el Marketing nace como una necesidad en el mismo momento en que el consumidor ya no compra todo lo que el mercado produce y es, de esta forma, la organización empresarial cuando, a partir de ese momento, decide actuar y salir en busca del consumidor perdido –extraviado al menos– y ofrecer al mundo satisfacción en sus necesidades de consumo.
Y es que no olvidemos, mal que a algunos nos pese, vivimos en una sociedad sustenda en la acción de consumir, y por lo tanto es el consumidor el que marca ciertas reglas –no todas, sólo las que le dejan– pero sí las suficientes como para darnos cuenta de que si no tenemos clientes, no tenemos nada. Por tanto, desde esta perspectiva, el cliente será el centro de nuestra atención y el motivo de nuestros desvelos; a él dedicaremos nuestros esfuerzos, lo cuidaremos, lo mimaremos hasta enamorarlo y, poco a poco, este, el cliente, se irá conviertiendo en nuestra razón de existir y el marketing, de la misma forma, en una manera de vivir.
Si aceptamos todo lo dicho como una realidad, –por más que haya quien se ha interesado en desvirtuar su función y utilidad– no será difícil darse cuenta de la trascendencia del marketing en cualquier ámbito empresarial y, añado, profesional.

Nuestra diaria gestión operativa
¿Y cómo es que esto nos puede afectar a nuestro quehacer diario? Pues es que resulta que, con poco que se pare uno a pensar se dará cuenta, sea por ventura o desventura, que la gestión operativa de nuestras vidas no dista mucho de la gestión operativa organizacional.
Todos tenemos nuestro debe y nuestro haber, deudores y acreedores –por desgracia de estos últimos alguno más– y muchas, muchas cuentas que cuadrar. Del mismo modo también contamos con proveedores y, al fin –hoy el que tiene suerte y fortuna– cuenta con sus clientes, de los que a fin de mes –es lo habitual– cobran el importe pactado por unos servicios previamente prestados. Y cada día, de esta forma, ejecutamos nuestras propias estrategias de gestión y, espero, ya nos vayamos dando cuenta de la importancia del concepto del que se trata, el marketing en el día a día.
El marketing del día a día que nos puede ayudar a detectar esas necesidades que cubrir, reconocer esas facultades que necesitamos adquirir y encontrar a ese cliente al que podemos servir; y con la suma de todo ello poder alcanzar
nuestras metas propuestas. Y todo ello sin olvidar que el marketing bien entendido, no sólo nos ayuda a vender, sino que nos ayuda a mejorar.
«Crea algo con sentido»
«Crea algo con sentido», en negrita y con mayúsculas te lo encuentras, así, como de sopetón, nada más iniciar la lectura del capítulo I del libro “El arte de empezar” de Guy Kawasaki; uno más este de los tan interesantes como geniales consejos que este gurú de las nuevas tecnologías y el marketing comparte con todos en su obra.
Y ese sentido al que Kawasaki nos induce, explica el mismo autor, “no tiene que ver con el dinero, ni tampoco con el poder o con el prestigio”, se trata de “hacer del mundo un lugar mejor”.
Es un concepto asumido, –que no sé si tanto lo está la practica– en cualquier operación de marketing el de aportar valor añadido al producto o servicio dado en aras de una diferenciación que nos permita destacar, y así sobrevivir, en los mercados turbulentos en los que nos movamos. Cómo, entonces, no iba a serlo en la materia que nos toca: la del posicionamiento o, en definitiva, el marketing personal.
El conseguir encontrar ese algo que nos distinga no debería estar reñido entonces con hacerlo de forma que, a la vez, haga un bien a nuestro alrededor. Podría ser que estuviese la diferencia en “pensar con causalidad” –que diría Tad Waddington en su obra “Dejar huella”–y preguntarnos, de forma habitual, tanto el qué vamos a hacer, como el de qué manera lo habremos de ejecutar con el fin de que nuestro valor añadido sea real, eficaz y duradero.
La mejor manera de emplear la vida es gastarla en algo que sobreviva.
William James (cita recogida en “Dejar huella”)
También lo dijo en su cuarto hábito Stephen R. Covey: pensar en ganar/ganar, discurriendo consideradamente hacia los demás, de tal forma que se pudieran “sentar las bases para la convivencia y la equidad entre los seres humanos”.
Mucho se ha debatido en los últimos tiempos de asuntos como el de la llamada y repetida “reinvención” –que yo llamaría redescubrimiento, más bien y en todo caso–, de la necesidad de la innovación y de otras tantas asignaturas pendientes que con carácter prioritario –casi agresivo– deberíamos abordar con el fin de la supervivencia en esta jungla en que se ha convertido nuestro entorno profesional. Por ello, no sabía yo si a mis intuiciones solidarias se las podría llamar algo más que utopías simplemente, pero cuando mentes tan brillantes como las citadas lo manifiestan y lo defienden como manera de entender la actividad de cualquier negocio me siento vivamente esperanzando.
Y todo esto será porque piense como Kawasaki que “es perfectamente posible hacer el bien y que te vayan bien las cosas”. Y hacer las cosas bien, que te vayan bien las cosas y hacer el bien se entremezclan de manera tan sencilla como ejemplar, porque después de todo creo averiguar que
mucho tiene que ver ese “arte de empezar” con el arte de vivir, con el arte, en definitiva, de ser.
Lectura recomendada: «Guy Kawasaki: “Si no pruebas, no sabrás si estabas equivocado”» en el blog de “Emprendedores en Blogger”
Gap, o que la fuerza –de la red– te acompañe

Logo retirado por Gap
Apenas había pasado una semana del estreno de su nuevo logo, cuando la firma de moda Gap se veía en la necesidad de salir al paso ante sus seguidores, y emitía un comunicado en el que Marka Hansen, presidenta de la compañia, anunciaba la retirada del nuevo diseño y, así, zanjaba una polémica que había provocado las miles de opiniones vertidas en la red, facebook y twitter, reclamando a gritos la restauración de la que por veinte años había sido la enseña tradicional –Gap con letra blanca dentro de un cuadrado de fondo azul–.
Ni siquiera el que los ejecutivos de la firma solicitaran nuevas propuestas para la actualización de dicho logo produjo los efectos deseados; muy al contrario, aparecieron, incluso, lugares 2.0 –Gap Logo y Crap Logo– donde magnificar las protestas. El equipo directivo de una multinacional había sido derrotado por la web 2.0.
Hoy hay quien recrimina a Marka Hansen el haberse rendido ante este asunto y, de esta forma ceder un grado de poder a quien no debería tenerlo –lease a Lucy Kellaway en su artículo “Escuchar a los clientes puede ser una mala idea”– y entrar en esta reflexión estoy seguro desataría un interesante debate.
No es mi intención el juzgar hoy la actuación de la “comprensiva” presidenta. Más bien el asunto que me atrae es la constatación de esa fuerza manifiesta que la red ha adquirido, nos guste esto o no, capaz de transformar actuaciones y pensamientos. Y esto es una realidad que se palpa día a día –vease el incremento de la inversión publicitaria en España– y con una proyección que, tal vez, aún no seamos capaces de imaginar; o sí.
Defensores y detractores para esta cuestión habrá que puedan opinar con un mayor conocimiento y exactitud que un servidor, pero la cuestión es que la web 2.0 se ha convertido en el mayor escaparate, para bien o para mal, que pudiésemos, algunos, haber imaginado jamás. Mi razonamiento, pues, se basa en que si está donde está, mejor será aprovechar este recurso, con cautela y previsión, procurando que nos sirva para nuestro fin, y de forma que no se nos vuelva en contra.
Y para conseguir nuestro objetivo, pienso, es fundamental darse cuenta de un matiz, para mí, en extremo importante. La Web es un medio; nunca un fin, pues en sí misma de poco vale si no es usada de manera conveniente.
Así pues, no estaría nada mal, desde el punto de vista de nuestro posicionamiento, el que nos entretuviésemos en conocerla, estudiarla, analizarla y concluir en qué grado nos podría ser tanto de utilizad como de entretenimiento no deseado –que tampoco estamos para perder el tiempo–. Una vez realizada esta labor, si pensamos de forma afirmativa en su idoneidad –que me extrañaría que así no fuese– pues sólo queda el actuar y a todo aquel que lo hiciese, el desearle
sinceramente aquello de “que la fuerza –de la red– te acompañe”.
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El concepto de la «Marca Usted»
En la vida todavía, y por fortuna, tenemos de vez en cuando esos pequeños momentos, que aún mezclados y añadidos entre la bendita rutina del día a día, hacen que uno piense que ha merecido la pena el levantarse por la mañana. Son asuntos, por lo general, sencillos y, normalmente, imprevistos.
Un buen ejemplo de esto, en mi caso, podría ser el tener la oportunidad de compartir una interesante plática con una persona interesante; que no es ni más ni menos lo que hace un par de mañanas me ocurrió con mi buena amiga Gabriela Molise.
El tema de la conversación estuvo centrado en la situación del mercado de trabajo en el momento presente, y alguna particularidad añadida nada desdeñable de abordar como podría ser la problemática de una correcta reincorporación a la vida laboral del –según Griñán, oferente de empleo– más habitualmente conocido como desempleado y, en este caso, de larga duración.
Y es que cuando alguien, aun con la mochila de la vida rebosante de vivencias, experiencia y profesionalidad, se ve apartado, a veces de forma traumática, durante un periodo más o menos largo de la actividad y el ejercicio de su profesión, es muy probable que empiece a sentir temores y ansiedades ante un futuro incierto que no sabe muy bien no sólo como vendrá, sino como desearía que llegase.
Y en este contexto, entre planteamientos, hipótesis y enfoques que sobre el asunto íbamos compartiendo, como una alternativa que pudiese mejorar la visión de nuestro impredecible mañana, apareció el ya conocido concepto de la «Marca Usted» que Tom Peters esgrimiera hace ya más de una década.
Ellos han dejado de ser responsables de nuestra carrera profesional –y, por extensión, de nuestra vida–. Lo somos nosotros; de nosotros depende lo que vayamos a ser.
Tom Peters (en 50 Claves para hacer de usted una Marca)
De esta manera, el planteamiento se transforma en un ejercicio de responsabilidad personal; en el reto apasionante de tomar las riendas de nuestra propia vida; básicamente, tan sencillo y tan complicado a un mismo tiempo.
Y nadie dice que esto sea fácil –y con la que está cayendo–, pero la forma de entender este complicado asunto, según mi parecer, pasa por asumir que somos profesionales, inmersos en un turbulento entorno, en el que ofrecemos unos servicios –nuestro trabajo– a un cliente –la empresa– que nos abonará por los mismos un precio estipulado durante un periodo de tiempo acordado, desde la visión de una transacción comercial: básicamente, tan sencillo y tan complicado como esto.
Posiblemente ya nunca tengamos la ocasión de realizar el mismo trabajo, día tras día, para una misma empresa, durante toda una vida. Posiblemente ya nunca volvamos a trabajar, a vivir de la misma manera. Posiblemente nuestra vida se convierta algo más incomoda pero, como dijera Tom Peters, “nos la han devuelto. El desafío:
¿Qué vamos a hacer con ella?”.
Lectura recomendada:
No seas «Ñu»
Ya hace algún tiempo que escribí un articulo en el que hacía referencia a este animal de origen africano, el Ñu, así como al controvertido como a veces polémico, pero no por ello menos genial profesor de baile, Rafa Méndez, del conocido, entre nuestros jóvenes, concurso de baile Fama Revolutions.
Cierto es que muchas cosas, como los programas de televisión, a base de repetirse, y en aras de alcanzar el máximo nivel de audiencia, van acabando como aquellos que ostentan el poder demasiado tiempo, van degenerando y perdiendo la autenticidad que en el origen pudieran tener. Pero como fuera que aquí no se trata de hacer crítica televisiva –ni política por el momento– no quisiera desaprovechar este ejemplo que nos brinda el afamado docente, para compararlo con lo que nos lleva, el posicionamiento personal.
Y es que, desde su principio, el recibir en la “Academia” el calificativo de “Ñu” de parte de tal coreógrafo, no era como para andar muy contento, pues de lo que se trataba era de mostrarse ante el tutor como “Amazing”, “Energy” –que en este caso no nos vale Ñu como animal de compañía–.
Y el asunto es que está muy claro. ¿Qué es un Ñu? Pues un Ñu no es otra cosa que un animal; un animal más de los que habitan en la sabana africana. Viven en manadas, grises y uniformes manadas de cientos, y son todos iguales, muy iguales. Ante la menor sospecha de peligro se aterran. Y su terror y lo combaten escondiéndose los unos detrás de los otros para así no ser reconocidos, para así, estiman, tener una oportunidad de salvación.
Esto es un Ñu. Simplemente.
Todos tenemos miedo. No es malo tenerlo. Lo que más debemos temer del miedo es a este mismo y que sea él el que se adueñe de nosotros. Tan sólo eso.
A lo único que tenemos que temer es al miedo por sí mismo.
Franklin Delano Roosevelt
De este modo, si es de posicionamiento personal de lo que estamos hablando, precisamente de lo que se trata, más que de combatir el miedo, sería el de asumir que existe, que está ahí, de aprender a convivir con este si fuera preciso, pero no desde el paisaje gris, sino buscando nuestro lado “Amazing”, que está seguro, y evitando,
siempre, siempre, convertirnos en un «Ñu».


















