«Del trabajo al empleo» (parte I) haciendo historia
La naturaleza humana tiene per se, una serie de condiciones y atribuciones adquiridas de forma innata. Una de ellos sea, muy posiblemente y desde un punto de vista antropológico, el concepto de trabajo. Hasta el punto es esto que sería imposible entender los comportamientos de las sociedades modernas si pretendiéramos desvincularlas de dicho factor.
Y esto ocurre ya no sólo en un plano económico, sino, igualmente, como elemento de cohesión social y cultural y, a un tiempo, de integración en las actuales sociedades capitalistas.
De esta forma, el trabajo es capaz de definir, por encima de cualquier otra circunstancia, los niveles de calidad de vida de la persona y el grado de libertad o sometimiento con los que esta ha convivido desde la Revolución Industrial –que nos llevó a la llamada «civilización del trabajo», donde ya fueron las relaciones laborales las que estructuraban el orden social y cultural[1]– hasta ahora nuestros días.
El ser humano, desde su origen, ha sido capaz, mediante su trabajo, de transformar la naturaleza y su entorno de manera tal que esta actuara a su favor. Y mediante su trabajo, el ser humano se ha ido transformando a sí mismo tanto en su individualidad como en su ser esencialmente social, por lo que es por eso un aspecto esencial para la estructura de la sociedad, la actitud adoptada hacia el trabajo.
Así, el trabajo, ya concebido –de forma moderna– como empleo, es el camino y la herramienta para la integración de la persona en la sociedad, tanto como para su propia realización como ser.
Remontando en la historia
El concepto de «trabajo» como actividad social, no aparecería en Occidente antes del siglo XVIII, relacionado con diferentes actividades bien manuales o creativas. Nunca en la antigua Atenas se hubiera llamado de la misma manera a las actividades realizadas por un esclavo o por un político, de tal forma que, curiosamente, en la mayoría de las lenguas existen diferentes términos para el mismo concepto según su perspectiva sea positiva o, al contrario, penosa.
En el latín clásico se puede distinguir entre laborare o facere, en francés entre travailler u ouvrer, en inglés entre labour o work, que servirían como ejemplos[2] a esas diferentes percepciones que la persona tuviese del trabajo.
El origen del trabajo se remonta al Neolítico con la aparición del cultivo planificado, pero no es hasta la antigua Grecia cuando se produce la primera y gran transformación. Donde hasta el siglo IV a.D. el campesino libre y el artesano habían gozado de un reconocimiento social, al ser este trabajo considerado, –como se apuntaba al principio de este artículo– algo intrínseco a la naturaleza humana[3], a partir de Xenófono, Platón o Aristóteles esta concepción se devalúa.
Con la generalización de la esclavitud, el trabajo queda relegado al esclavo, –mera herramienta, al igual que la mujer de la época, por cierto– de tal modo que el simple hecho de venderse por trabajo situaba al hombre en la mayor y extrema indignidad.
Entretanto, la actividad del habitante de la polis se centraba en el ágora, el lugar apropiado para ejercer la condición de ciudadano expresando su noble dignidad de pensamiento. Un concepto este de ciudadanía que fue heredado por los latinos.
«Ipsa merces est auctoramentum servitutis». “Quien toma salario se convierte en esclavo” que así hablaba Cicerón[4], por lo que se comprueba que tanto para helenos como para romanos ciudadanía significaba libertad; libertad esta de la que estaba excluido aquel que por desdicha estaba obligado a ejercer el
trabajo. Una situación que quedaría inamovible hasta el final de la Edad Media.
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